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A su llegada al trono, Felipe V comenzó una serie de reformas en la administración y la política económica españolas. Entre las nuevas disposiciones destacó la modifcación del sistema monetario —esencial para fomentar la estabilidad económica— a través de la unifcación monetaria y una renovación constante de la legislación y los sistemas de acuñación de moneda. De estas reformas, las que afectaron en mayor medida a los virreinatos americanos y a sus casas de la moneda fueron las del control de las extracciones de metales preciosos y la falsifcación.

El nuevo sistema monetario mantuvo sus piezas características, con el maravedí como unidad de cuenta y el escudo y el real como unidades de los sistemas de plata y oro. Estos últimos esenciales en
las Indias, ya que regularon el comercio y la economía de las colonias

Caribe, un mar lleno de pequeñas islas imposibles de defender por los españoles, fue un lugar de fácil colonización por parte de ingleses, franceses y holandeses durante el siglo xVII. Estas islas sin un gobierno estable, como Jamaica o Tortuga, se convirtieron en lugares idóneos para el contrabando y el asentamiento de piratas y corsarios. La isla Tortuga, que recibió su nombre de Cristóbal Colón por la forma de sus colinas, fue un emplazamiento legendario de estos contrabandistas. Allí recalaron bucaneros y flbusteros más o menos organizados desde islas como La Española o Jamaica.

 

Mediante una cédula o despacho de la Corona, las patentes de corso permitían a los propietarios —militares o civiles— de navíos que no fueran de la Armada atacar buques o tierras enemigas, saquear el
tráfco de mercancías y hacer labores de guardacostas en el vasto imperio ultramarino. Por lo tanto, gracias a los corsarios, la Corona española —aunque también sus enemigos— pudo ampliar su ejército naval y controlar el extenso comercio americano.

En los territorios de Nueva España, el comercio de negros africanos supuso un recurso para explotar la industria minera, las haciendas agrícolas y ganaderas y los obrajes. Aunque el comercio de esclavos —tanto interno como externo— descendió en el siglo xVIII en relación a siglos anteriores, siguió siendo una cuestión signifcativa para el mantenimiento de las colonias. Sin embargo, el fnal de la guerra de Sucesión supuso para España un espaldarazo a su hegemonía comercial en América. A partir del Tratado de Utrecht, que sentaba la paz, Inglaterra obtuvo con el llamado “asiento de negros” la posibilidad de comerciar con esclavos en la América española.