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Desde mediados del siglo xVII se produjo la invasión comercial de América. Las potencias extranjeras entraron en el Caribe, llave de acceso al sistema del Imperio español, y afectaron
al pretendido monopolio hispano. Estas potencias, con una estructura comercial muy similar a la española, iniciaron el “comercio directo” o contrabando de tejidos, productos siderúrgicos y papel a precios más bajos, favorecido por el aumento de sus producciones manufactureras y que les permitió disponer de un excedente para invadir el mercado americano.

España era incapaz de garantizar el total aprovisionamiento de su Imperio. La elevada corrupción hacía que el comercio lícito e ilícito fuera practicado por los mismos autores, en muchos casos representantes de la Corona. La administración, incapaz de combatir el contrabando, dejaba hacer y favorecía que sus colonias aumentaran el comercio autónomo.
Ante este panorama, en el siglo xVIII se hizo un gran esfuerzo para mejorar la administración. Con objeto de racionalizar la explotación de los territorios americanos se adoptaron medidas
como conceder patentes de corso, revitalizar los sistemas de resguardo y guardias fotantes, formar grupos de guardacostas reales, organizar compañías comerciales, vigilar las rutas de navegación y
recuperar el poderío naval. En el siglo xVIII, Gran Bretaña alcanzó su poderío marítimo y comercial convirtiéndose en el enemigo por excelencia de España. Ambas potencias actuaban bajo los principios del
mercantilismo aunque con una incipiente progresión hacia el libre comercio; ambas practicaban el monopolio con sus colonias alejando a otras potencias y ambas se complementaban en la esfera
comercial.